Con el amargo sabor a hierba en los labios y las briznas
en las grises barbas, los primeros rayos de sol golpean sobre sus parpados como
puños contra esclusas. No quieren volver a ver, se resisten, tras esas murallas
está el vacío del mundo…
Pero ceden.
Garganta reseca de licores baratos, carraspera, lapo
junto al banco que, quién sabe, quizá vuelva a ser el techo que le proteja de
las brillantes estrellas la próxima noche.
Con todo el tiempo del mundo por delante y toda la
desgana para gastarlo, dobla raída manta y la guarda en su raída bolsa que
cuelga sobre su hombro izquierdo. En la mano derecha, una terciada botella de
vaya usted a saber que licor, que es recibido como desayuno y colutorio.
Andar a ningún lugar, girar donde el muro da la vuelta y
seguir, vagar, hasta donde vuelva a encontrar un quiebro.
En medio del camino, un bote de pintura negra y un brochín.
Mira a un lado, la carretera; mira al otro, dos obreros de espaldas atacan su
almuerzo tras la valla. Los recoge y sigue su paso, con la ligereza del que
sabe que, pase lo que pase, no será para ir a peor.
Nada pasa.
La luz sube a su cenit, se detiene en una esquina
cualquiera, tan reconocible como cualquier otra, y extiende su brazo, con la
certeza de recibir sus justas monedas, las de las penitencias de los demás. Voz
quejosa ensayada en dolor verdadero.
Con la misión cumplida, entra al súper y gasta lo ganado
en un litro de cerveza, hoy no da para más, y una botella de aguarrás. Por fin
se esboza la primera sonrisa del día, quizás del mes.
Las sombras ya dominan cuando descubre un muro blanco. Da
un último trago al litro y lo arroja contra él. Mientras las gotas resbalan
hacia el suelo, las voces recriminatorias de los vecinos se van apagando.
Solo hay que esperar y de eso sabe muy bien, años
practicando.
Ya hay oscuridad plena y el trozo manchado por cerveza
apenas recibe destellos de la farola cercana.
Saca la pintura y vierte aguarrás en ella, remueve y moja
el pincel, la mano temblorosa de mil batallas perdidas contra la vida comienza
a trazar letras sobre la pared:
Antes de que la lluvia fuese vapor
Mientras el verso poeta empezaba
Aún recuerdo donde estaba
Nunca debí salir de tu calor
Espacio libre que debilita
Cuestión de tiempo
El que ya no me queda
Recen por mí
Ya no habrá otro. Bote vacío y labios negros, sentado
junto a los rayos de una farola cercana, ruido de sirenas que no escucha, personas
que no siente, personas que certifican que, por fin, los parpados han ganado su
batalla contra la luz.
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